Lisenda
Estos días extraños parece que propician la recuperación de las pequeñas historias, la memoria, los cuentos.
De pequeña me encantaba estar en el pueblo, ir a caminar con mi güela, cantar con mi güelo, jugar en la tierra… Incluso cuando fui creciendo me encantaban los domingos que tocaba ir a visitar a alguno de sus hermanos. Yo era la niña rara que siempre se apuntaba a esas tardes de tostar y recordar. Tan genial era escuchar las historias como saborear aquellas rosquillas que hacían.
De ese mundo me queda ya muy poco. Cuando despedíamos a mi abuela, la Nochevieja de 2014, varios vecinos recuperaron el mismo recuerdo, la imagen de Lisenda caminando tantos días los kilómetros de caleya que separaban su casa, en Iboya, del autobús, bajo la lluvia, el frío o lo que tocara con su hija pequeña a hombros para llegar a Xixón al Sanatorio de El Carmen. Mi madre, con dos años, fue una de esas niñas que se contagió con el virus de la polio. Un virus que ya tenía vacuna, pero que no llegó por aquí hasta 10 años después de su invención.
Buscando el nombre del médico, por lo visto un hombre sueco que mi madre no logra recordar, me crucé con este trabajo interesante: Presencia de la poliomielitis en el periódico «Voluntad» de Gijón (1950-1970)
Así que esa imagen que me regalaron de Lisenda fuerte, con toda la dignidad que la acompañó siempre, me pareció el mejor regalo en ese momento que acababa de despedirme de los últimos meses de fragilidad y dependencia. Mi madre superó la enfermedad sin consecuencias, lo que no consiguieron otros muchos niños de aquella, así que cuando habla de su madre, mi güelina, lo hace siempre sabiendo que le dio la vida dos veces. Parte de aquel tratamiento se cumplió por la constancia y el trabajo de Lisenda y también por la solidaridad de las vecinas y familia. Para soportar los baños en agua casi hirviendo prescritos era una vecina quien venía a ayudar a mi güela y cuando yo era adolescente aún me pudieron enseñar la libreta donde anotaron todo lo que les dio cada casa del pueblo o compañeros del trabajo de Pachu a modo de préstamo o donación para poder hacer frente a todos los gastos. Es posible que se deshiciera de esas notas, porque nunca más las encontré y recuerdo haber salvado otros documentos que habrían corrido la misma suerte…
Por cierto, la foto que acompaña al texto es de ellos dos, Lisenda y Pachu «el del molín», calculo que en los 50, como no tengo la foto original por aquí no recuerdo si tenía alguna anotación detrás. Está claro que en cuanto se pueda habrá que volver a abrir la caja de fotografías.

Ramón Alcántara
7 abril, 2020 at 2:32 pmGuapa historia